Estaba harto de pasar miseria. Leonardo Favio había dirigido “Crónica de un niño solo” y “Éste es el romance del Aniceto y la Francisca…”, y había obtenido reconocimiento y prestigio, pero nada de todo eso se traducía en dinero contante y sonante. Lo que recibía por los premios le permitía apenas salir hecho. La situación lo desesperaba porque tenía en la cabeza un nuevo proyecto que quería hacer a lo grande: “Juan Moreira”. O quizás fue al revés. Pensó que “Juan Moreira”, con una producción ambiciosa, lo podía sacar de pobre. 

La picardía de su adolescencia volvió a escena el día que por casualidad se encontró en la calle con Fernando Ayala, por entonces uno de los responsables de Aries Cinematográfica, y como si nada le tiró que “estaba embalado en una historia que iba a dejar mucha plata, el ‘Juan Moreira’”, le contaba Favio a Adriana Schettini para su libro “Pasen y vean”. Ante el gesto de atención de Ayala, el mendocino lo “empaquetó” con que el protagonista iba a ser el japonés Toshiro Mifune, el actor fetiche de Akira Kurosawa. 

Ayala largó la carcajada pero igualmente lo llamó al día siguiente para que se reunieran con el otro hombre fuerte de la cinematográfica, Héctor Olivera. Querían ver el libro, pero no había tal libro, por lo que el engaño siguió un poco más con que no quería mostrarlo hasta que no tuviera terminada la mitad. “Se lo creyeron porque firmamos contrato y empezaron a pagarme semanalmente”. 

El problema fue que lo pusieron al escritor paraguayo Augusto Roa Bastos a trabajar con él, pero a Favio no le gustaba nada cómo escribía (al menos, guiones para cine). Pidió entonces que lo reemplazaran por su hermano, con el que venía trabajando desde el día uno. Cuando el Negrito llegó de Mendoza, se abocaron a escribir como endemoniados y en un mes tuvieron listo el texto. Pero Ayala y Olivera le pusieron un parate al proyecto. Según Favio se asustaron porque él insistía con Mifune para el protagónico. 

Frustrado y sin un peso, Favio intentó hacerle frente a la situación con una obra de teatro que lo llevó de gira por el país. Ahí compartía escenario con su adorada “Marilyn”, como él le decía a María Vaner. Pero todo podía empeorar y empeoró. Las cosas no venían bien con su mujer y luego de que bajó de cartel la obra, se separaron. 

El estado depresivo en el que entró Favio lo llevó a esconderse en el departamento que tenía su hermano mayor en Mendoza para tomarse “20 toneladas de pastillas”. Lo encontraron por la persistencia de su madre, que presentía algo malo. Le hicieron lavaje de estómago y pasó un tiempo en un neuropsiquiátrico. 

A poco de salir conoció a Carola Leyton en un bar porteño donde él tomaba un café cuando la joven entró para hablar por teléfono (más tarde ella le reconoció que entró porque lo había visto). Favio se acercó para invitarla a comer y ella inmediatamente aceptó. Cenaron rodeados de los amigos de Favio y nunca más se separaron. 

Luego vino el rodaje de “El dependiente”, el proyecto que ayudó a financiar Babsy Torre Nilsson para que se sacara la mufa de “Juan Moreira”. Otra vez, éxito de crítica y premios, aunque nada de dinero. Pero algo pasó durante esa filmación que cambió la vida de Favio. Había empezado a cantar, y su amigo y colaborador Martín Andrade (papá de la actriz Antonella Costa), le llevó el dato a Eduardo Bergara Leumann, quien lo sumó a la programación de La Botica del Ángel. Así comenzó otra vorágine inimaginable. Vico Berti, amigo de Favio, lo vio en La Botica y lo convenció de hacer una gira por la provincia de Buenos Aires. 

El entusiasmo y la fe que le tenía Berti, sumada a su necesidad de creer que la música lo podía sacar de la malaria, lo animaron a subir a cuanto escenario se le presentaba en el interior profundo de la provincia: “Cantaba en unos tugurios sombríos donde los borrachos me miraban con más asombro que admiración”. 

Luego de tres o cuatro meses de andanzas suburbanas, como si lo hubiese estado preparando, Berti le presentó a John Lear, el director artístico de CBS. Una prueba alcanzó para tener su primer disco: “Quiero mi libertad”. Un fracaso inapelable. Pero la constancia de Berti volvió a jugar a favor de Favio, quien tuvo una segunda oportunidad frente a Lear. Esta vez el simple tenía uno de los temas escritos por el propio Favio, “Fuiste mía un verano”. La cosa cambió radicalmente. Se convirtió en ese momento en el disco de mayor éxito en el mundo de habla hispana. Llegó a vender más de 100.000 copias en una semana. De hecho, para poder responder con la fabricación de los discos ante la demanda, CBS tuvo que unirse con su competidora, RCA .  

Así, sin haber estudiado música –como tampoco nunca estudió cine– Favio fue creando melodías con su guitarra a la par que les iba encontrando la letra. A “Fuiste mía un verano” le siguieron “Ella ya me olvidó”, “O quizás simplemente le regale una rosa”, “Quiero aprender de memoria” y, entre muchas otras, una versión de “Tema de Pototo”, de Luis Alberto Spinetta, rebautizada “Para saber cómo es la soledad”.

“Era como si el mundo hubiera pasado de la indiferencia a una curiosidad enfermiza”, decía Favio sobre esa época, que empezó a volverse difícil para él. Después del inesperado éxito de “Fuiste mía un verano”,  Favio pasó seis meses encerrado en su departamento con tratamiento médico. “No fue una decisión, no podía salir porque me hacía mal. Yo venía de un mundo más silencioso, más austero y de pronto me encontré en este mundo del quilombo y de la guita. Estaba rodeado de gente que no supe quiénes eran. Fue una etapa oscura, muy parecida a la locura”. 

Así y todo, fue su paso por la canción lo que lo llevó a conocer –en 1971– a su admirado Juan Domingo Perón. Durante una gira por España, lo visitaron en su camarín madrileño Isabel y López Rega. Lo disculparon a Perón que no pudo asistir a la función pero lo invitaron a visitarlo al día siguiente. Cuando Favio lo vio, apenas bajó del auto, empezó a percibir el cuerpo como en cámara lenta. “Me sentí como si en ese instante hubiera llegado a la meta el pibe que fui. Ese pibe del que tengo la imagen que siempre corre y corre en busca de algo más que escaparse del Patronato”. 

Fueron cuatro horas de conversación entre té con leche, mate y masitas que le hicieron revivir esos momentos en el patio del hogar El Alba en el que ponían la radio para escucharlo a Perón: “Esos días eran de fiesta”. 

Durante ese mismo viaje se enteró por Cacho Fontana –quien lo había llamado para entrevistarlo– que Héctor Olivera iba a hacer “Juan Moreira”. “Me parece bárbaro, así la gente va a poder elegir entre ver la mía o la de él”. Favio no perdió un minuto más. Volvió a la Argentina, se despidió de la canción y se puso a producir la película que hacía años lo tenía enloquecido.  

“El rodaje de ‘Juan Moreira’ fue una de las cosas más hermosas que sucedieron en mi vida”, dijo. Necesitó 15 semanas de filmación y 40.000 metros de película (no había usado ni 30.000 sumando las primeras tres) para contar como él quería la historia de este gaucho justiciero. Esta vez, a todo color, con unos atardeceres que había que esperar con milimétrica paciencia y con una orquestación que rozaba la épica. No lo tuvo a Toshiro Mifune pero sí a Rodolfo Bebán. “La imagen de Bebán es imborrable. Recuerdo cuando entraba en escena. Sólo se oían sus espuelas y nadie podía dejar de mirarlo. Se dejó crecer la barba, bajó de peso, tomaba ginebra. Él era Moreira”, le decía Carola, su mujer, a los autores del libro “La memoria de los ojos”, que recoge la filmografía completa del director.    

“Juan Moreira”. Obra maestra que también llenó las salas de cine.

Meses antes del estreno, lo llamaron a Favio para decirle que estaba entre los elegidos para integrar la comitiva que acompañaría a Perón en el chárter que lo traería al país después de 17 años de exilio (que finalmente fue el primer regreso). Era muy amigo de José Rucci y estaba convencido de que el futuro estaba en el sindicalismo. “Fue una época en la que estaba muy confundido. Eran momentos difíciles. Todo te confundía”.

Tiempos efervescentes encontraron al estreno de “Juan Moreira” en un punto álgido. Se programó para el 24 de mayo de 1973, un día antes de la asunción del gobierno de Héctor Cámpora y a menos de un mes del regreso definitivo de Perón a la Argentina. “El día del estreno fue una fiesta peronista. Llorabas. El cine se caía abajo –recordaba Carola–. En el cine Atlas, todos los días la gente aplaudía de pie. La ciudad estaba enfervorizada con la película. Se cantaba la marcha peronista por la calle Lavalle. Como Moreira era justiciero, muchos se sentían identificados porque se atravesaba un momento especial”. Por fin Favio podía ver y disfrutar esa popularidad que había conocido con la música y que tan esquiva le había sido con su producción cinematográfica. Con tres millones de espectadores, “Juan Moreira” fue uno de los mayores éxitos de público de la historia del cine argentino.

A los pocos días, el 20 de junio de 1973, Leonardo Favio fue convocado para conducir el acto de bienvenida que el peronismo preparaba para Perón en Ezeiza. Lo que se suponía que iba a ser una fiesta terminó en una masacre con 13 muertos y más de 300 heridos por una disputa de poder que el sindicalismo y la izquierda peronista intentaron dirimir a los tiros.     

“En un momento yo estaba descansando en el hotel del aeropuerto y me avisan que en el palco y en la concentración había disparos. Cuando llego veo que nos tiran de todos lados con armas largas”.  Favio recordaba que se habían ido todos los responsables del acto y agarró el micrófono para pedir calma, eso sí, desde el piso del palco porque las balas no paraban de sonar. 

De regreso otra vez en el hotel se encontró con toda la prensa en la planta baja, y apenas subió a su cuarto lo alcanzó un periodista que le dijo que en una habitación le estaban pegando a un grupo de muchachos. Favio logró detener lo que era una clara sesión de tortura con la desesperada amenaza de suicidarse.

Apenas habían pasado cuatro años entre el estreno de “El dependiente” y el de “Juan Moreira”, y la vida de Favio había dado ya varias vueltas. Y todavía no había llegado 1976 ni el exilio.

* Verónica Pagés (Mendoza, 1968). Periodista y crítica teatral. Se recibió en la UNCuyo. Vive hace más de 25 años en Buenos Aires. Trabajó 20 años en el diario La Nación. Escribe de espectáculos, viajes y demás.