El gran músico argentino Erik Oña murió el sábado en un hospital de Basilea, a los 58 años, de un cáncer fulminante. Vivía en esa ciudad de Suiza desde 2003, cuando asumió la dirección del Laboratorio de música electroacústica de la Academia de Música de Basilea.

Había nacido en Córdoba en 1961. De niño fue un hábil guitarrista, pero su verdadero instrumento terminaría siendo la orquesta. Pasó su adolescencia en San Pablo, Brasil, junto a su familia, y allí cursó sus primeros estudios sistemáticos de música. Se graduó en Composición y Dirección en la Universidad de La Plata, donde enseñó entre 1989 y 1993. Enseño además Estética de la música en la cátedra que Mariano Etkin tuvo durante algunos años en la Carrera de Artes de la Universidad de Buenos Aires. En 1994 obtuvo su doctorado en Composición por la Universidad de Buffalo, Estados Unidos, donde dictó esa disciplina entre 1995 y 2001. Su curiosidad y su saber no tenían límites, al punto de llegar a enseñarle música por computadora nada menos que a los japoneses; fue en 1995/97/99, como profesor invitado en la Facultad de Música Kunitachi de Tokio.

Su carrera se repartió entre la enseñanza, la composición y la dirección. En 2001 se estableció en Birmingham como profesor de dirección orquestal en la Facultad de Música de esa ciudad inglesa, puesto que mantuvo hasta el ofrecimiento de la dirección del Laboratorio en Basilea. La conducción del Laboratorio implicó la enseñanza de la composición.

Oña dirigió el Laboratorio de Basilea hasta su muerte, pero curiosamente la mayor parte de la música que compuso, especialmente la que escribió en la última etapa de su vida, no es electroacústica sino instrumental. Algunas de esas piezas están grabadas para el sello Wergo, como Andere Stimmmen, para piano a seis manos; Tigre y Patriarca, para flauta, clarinete, percusión, violín y violonchelo; Cinco lieder para mezzo y violonchelo (sobre textos de Emily Dickinson y Victor Hugo), Jodeln, para piano a cuatro manos, y Alles Nahe werde fern, para orquesta de cámara. Esta última puede traducirse por “Todo lo próximo se torna lejano”, y la idea podría servir de lema para buena parte de la música de Oña, más basada en procedimientos micrológicos y transformaciones sutiles que en el abierto contraste (otra variante de ese título podría ser “Nada es lo que parece”). Es una música originalísima, que no remite a ningún gesto de época; una música encriptada, palpitante y expresiva al mismo tiempo, acaso un nuevo ars subtilior. Algunas de esas piezas Oña las escribió especialmente para su mujer, la formidable pianista argentina Helena Bugallo; más precisamente, para el dúo de pianos que Bugallo integra con la estadounidense Amy Williams. A esa lista debería agregarse una composición más reciente, de 2013, de un dramatismo sorprendente: Rem Aeternam, que circula por ahí en una grabación no comercial por el Basel Madrigalists de Timothy Brock; probablemente una de las piezas corales más extraordinarias que se hayan escrito desde las Fantasías sobre Hölderlin de György Ligeti.

Aunque seguramente en la Argentina a Oña se lo conozca mejor por su trabajo como director de orquesta. Vino en varias ocasiones para dirigir conciertos y óperas del CETC y del Ciclo del Teatro San Martín. Pero limitémonos a los dos más especiales, a los dos mayores desafíos que le tocó asumir en su país: uno en el Teatro Argentino de la Plata y el otro en el Teatro Colón, para el Ciclo Colón Contemporáneo.

El primero, en septiembre de 2011, fue la realización de La ciudad ausente, la ópera de Gerardo Gandini con libreto de Ricardo Piglia, que subió en la ópera platense con la magistral dirección musical de Oña y una puesta de Pablo Maritano que superó con creces todo lo que se había hecho escénicamente hasta el momento (las producciones anteriores del Colón). El otro, el noviembre de 2017, fue el estreno en la sala principal del Colón de una gran pieza orquestal del alemán Georg Friedrich Haas, in vain, con una orquesta de 24 músicos, parte de los cuales tocan notas de afinación justa o armónicos puros, mientras que otros lo hacen dentro del sistema temperado.

Al igual que en otras obras del autor, in vain requiere un cierto juego de luces, y hay dos momentos de oscuridad completa, que intensifican la concentración del oyente y demandan la redoblada entrega de los músicos, que continúan tocando completamente a oscuras, sobre la base de su memoria corporal, mientras el director sigue manejando sin luces en medio de la noche. Cómo hicieron Oña y los 24 músicos -un notable combinado argentino y alemán- para que la obra continuara su marcha sin perder un ápice de la línea y los detalles, es un auténtico misterio.

A Erik Oña la muerte se lo llevó demasiado pronto, pero aún así no es poco lo que él deja: un conjunto de composiciones exquisitas (un tesoro a descubrir) y varios conciertos memorables, además de los dos hermosos hijos que tuvieron con Helena, Emma y Oliver, y de algunos discípulos devotos.